III. LA CIUDAD DE LOS SAMURÁI

El poeta Bashō (un nombre artístico que significa “árbol de plátano”) se mudó a Edo en 1672. Registró la transición de la ciudad de una oscura ciudad fronteriza a una gran metrópoli. El futuro autor de Sendas de Oku describió las embajadas holandesas visitando al sogún, los tempranos distritos del placer (“La ciudad limítrofe”) y las reuniones de poesía para ver la luna. El Edo de Bashō era todavía un mundo rústico de plantaciones de té y puertas de arbustos.

Bashō vivió en la ribera este del río Sumida, en Fukagawa; escribió su más famoso haiku ahí (“Un viejo estanque: / salta una rana, / ruido de agua.”[1]). Actualmente un museo preserva la parafernalia de Bashō, un pequeño santuario que conmemora a la rana y un árbol de plátano sobre el sitio donde alguna vez Bashō pudo haber vivido. El mismo Sendas de Oku comienza en Edo, con Bashō dejando su vieja casa: el Monte Fuji en la distancia, los amigos de Bashō en fila para verlo antes de que desapareciera de la vista.

De la misma era, pero radicalmente diferente en su tono, es el Chūshingura, o El tesoro de los los leales vasallos. De las obras dramáticas basadas en eventos históricos, Chūshingura es quizás la más famosa y usualmente más representada obra en el repertorio kabuki. Fue el producto del trabajo de un equipo de autores, más que de un solo hombre. Donald Keene una vez escribió que esta obra es la máxima representación de los ideales samurái: el concepto de que la lealtad verdadera debe ser siempre incondicional.

En 1701, el señor Naganori Asano fue provocado a desenfundar su espada en contra de un oficial de la corte, Yoshinaka Kira. Debido a que la violencia estaba explícitamente prohibida en el Castillo Edo, el sogún ordenó a Asano que se suicidase. Antes de morir, Asano ordenó a los samuráis que servían en su clan que vengaran el engaño que lo había conducido a su desgracia y muerte. Dos años después, cuarenta y seis de esos samuráis invadieron la casa de Kira y le cortaron la cabeza, la cual llevaron a través de la ciudad y dejaron en la tumba de Asano. Entonces, el sogún le ordenó a los cuarenta y seis samuráis que se suicidaran. Los hombres obedecieron.

Aún es posible visitar Kannon-ji, el templo septentrional donde los leales samuráis planearon la venganza de su señor. El templo, con sus muros bellamente cubiertos de arcilla y mosaicos tsuji-bei, está ubicado en uno de los barrios antiguos más interesantes y mejor preservados de la ciudad. Del otro lado del Sumida, una de las alas de la mansión de Kira todavía existe. En el Chūshingura , existe un “magnífico palacio, donde grandes y menores señores en capas oficiales brillantes se reunían, […] brillantes como las estrellas y la luna en la noche”. Actualmente, el sitio incluye un pequeño santuario dedicado al espíritu de Kira y un antiguo pozo. Hacia el sur se encuentra el Sengaku-ji, el austero templo zen donde Asano y sus samuráis están enterrados. Cada diciembre, decenas de miles de tokiotas observan ahí el festival Ako Gishi: los celebrantes vuelven sus pasos sobre el viaje de los samuráis que llevaron la cabeza cercenada de Kira a través de la ciudad.

El hombre dura una sola vida, pero su nombre lo hace por toda la eternidad.

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IV. CIUDADES DE FLORES Y LA CIUDAD BAJA

El escritor Kafū Nagai alguna vez estuvo casado con una geisha. Su novela Geishas rivales registra la vida en los hanamachi (“ciudades de flores” ) del temprano siglo XX, nombre por el cual los distritos de geishas son conocidos hasta ahora. Durante siglos, estos barrios atrajeron lo más selecto en música, danzas, artes y moda japoneses. En 2019, Tokio tiene seis de estos barrios, siendo el más vibrante Asakusa, justo al sur del distrito histórico de Yoshiwara.

Esta amurallada ciudad de burdeles y casas de té, alguna vez a pocas horas de camino de la ciudad central, permitió el escape de las convenciones sociales rígidas de Edo. Bajo los sogunes de Tokugawa, la cuna de un hombre dictaba no solo su profesión y donde vivía, sino también las ropas que debía vestir, lo que comía y quienes debían ser sus amigos. En las Cinco Calles de Yoshiwara, todas estas reglas se suspendían: hombres de todas las clases se podían reunir y entremezclar como no hubiesen podido en cualquier otro lado: maestros carpinteros y tabaqueros con actores y mercaderes de arroz millonarios, dulceros y prestamistas con señores feudales y los mejores literati. El dinero era el mejor medio para igualar todo, a pesar de que la brillantez –en la pintura, en la literatura, en el estilo– podían refinar el oro.

En poemas y novelas, Yoshiwara usualmente sustituía a Edo: reflejaba la ciudad en un espejo al revés. Parodias y críticas de la élite gobernante, imposibles más allá de la Gran Puerta de Yoshiwara, eran permitidas dentro de las Cinco Calles.

En una sátira, Harumachi Koikawa describe un mundo futuro al revés: el verano es frío y el invierno es caliente, hombres cortesanos del Bulevar Central visten preciosos kimonos, las cortesanas rechazan clientes en vez de lo contrario y los visitantes del vulgo se hacen pasar por sofisticados. El escritor Kisanji Hōseido llevó esta parodia incluso más lejos e inventó una geografía entera dedicada a la irrealidad: Geppon Koku, Tierra de la Luna Creciente. En Geppon Koku, las mujeres son veneradas y los hombres son despreciados. Las mujeres tienen el poder de romper relaciones con los hombres cuando quieren y las mujeres gobernantes logran todo mediante el consenso más que por force majeure.

Pero el género preferido de Kafū’s fue la elegía, no la sátira. Así como el glamoroso habitante de la clase marginal, Kagu registró las esquinas desgastadas de la llamada “Baja Ciudad” de Tokio, Shitamachi: fue un maestro en representar la belleza de los paraísos perdidos, los remanentes del mundo de los sogunes. “Desde la distancia llegó el sonido de la flauta de un vendedor de dulces. La extraña y baja tensión, inesperada en esos callejones traseros, añadieron un toque de tristeza, misteriosa y más allá de cualquier descripción”.

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V. CIUDAD DE CAMBIO

Desde el fin de la época Tokugawa hasta la posguerra temprana, los escritores de Tokio lamentaron las transformaciones de la ciudad. Terremotos, bombardeos y un desarrollo inmobiliario desmedido borraron no solamente edificios, sino paisajes enteros. Como Yasunari Kawabata escribió sobre un jardín de Tokio que comenzaba desde las mareas de la bahía: nada ha cambiado, excepto las gaviotas y el aroma del agua. Después de la Segunda Guerra Mundial, dijo: a partir de ahora, no escribiré nada más que elegías.

A partir de la década de 1970, sin embargo, los novelistas de la ciudad han descrito la desaparición de puntos de referencia y ríos en un lenguaje neutral, más que nostálgico. El énfasis no se da en la pérdida, sino en cómo las cosas se transforman en otras/una cosa se transforma en otra. En Territory of Light, de Yuko Tsushima, viejas barracas de hospedaje y su antigua puerta son recordadas como “en un sueño o en una película”. El complejo habitacional es demolido y se convierte en un terraplén cubierto de flores. En Slow Boat de Hideo Furukawa, el narrador termina en Yume-no-shima, Isla de los Sueños, “una isla artificial que data desde los años sesenta. Un vertedero de aceite excedente. Una isla hecha de basura para almacenar más basura… El lugar es un parque ahora. Tiene de todo: cuadriláteros de béisbol, campos de fútbol, un campo de tiro, un gimnasio, una alberca techada, una ciclopista. Incluso hay un invernadero tropical…”. Y en La dependienta, de Sayaka Murata, el espacio se reduce hasta que la ciudad entera hasta que una caja ligera de Smile Mart: el escenario podría ser en cualquier lugar y en todas partes. Smile Mart no es solamente Tokio, no solo Japón, sino el mundo.

Haruki Murakami es quizás el más grande cronista del Tokio del tardío siglo XX y sus cambiantes paisajes. Murakami hace visibles todos los lugares y paisajes a los cuales nosotros nos hemos enseñado a no ver: oficinas anónimas, vías ferroviarias distritales, bloques de apartamentos/cuadras/manzanas de apartamentos. En novelas como Crónica del pájaro que da vuelta al mundo, las tiendas departamentales apiñadas junto a “tiendas porno decoradas chillonamente”, teatros y “los silenciosos recintos de un santuario Shinto”. Plazas, rascacielos de vidrio, sucursales de Dunkin’ Donut. Vallas publicitarias y estéticas unisex. Caminando a través de Aoyama, el narrador nota “varios nuevo edificios que no había visto nunca antes”, sin expresar ni placer ni incomodidad respecto a sus apariencias o sin describir las de los edificios reemplazados.

La enorme novela 1Q84, de Murakami, comienza con un embotellamiento en la autopista de Shuto, la carretera elevada de 180 millas que serpentea a través de la ciudad. La Shuto es el mejor ejemplo de una estructura a la que miramos sin realmente notar: aun así, su carretera enlaza Tokio en uno solo –lo viejo y lo nuevo, la colina con el terraplén, todos los puntos cardinales con el centro.

Como la antigua llanura Musashi, la autopista Shuto es también un lugar de entradas y salidas, de fronteras cambiantes. Y así como en las antiguas Historias Ise y su poema sobre los amantes que huyen, cada viaje es una intersección.

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[1] Traducción de Octavio Paz.

Puedes leer la primera parte aquí.

Puedes leer el texto original en Literary Hub.

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